La primera DAO surgió en 2016 y duró tres meses. Pero la idea sobrevivió. Cómo grupos de personas ahora gestionan millones, sin una oficina, una plantilla ni un solo líder.
En abril de 2016, un equipo de desarrolladores de Berlín lanzó La DAO, una organización sin director, domicilio legal ni empleados. Toda la gobernanza se realizaba mediante votación en blockchain. En un mes, la comunidad recaudó 12,7 millones de ETH (que entonces valían unos 150 millones de dólares).
Fue una revolución: el poder no se transfirió, se distribuyó.
Tres meses después, un hacker retiró un tercio de los fondos. El proyecto fue clausurado. Pero la idea no murió. Se transformó.
Una DAO (Organización Autónoma Descentralizada) no es una empresa. Es un conjunto de reglas escritas en código y una comunidad que las sigue.
Sin director ejecutivo. No hay junta directiva. Hay:
- un token que otorga derecho a voto,
- una billetera donde todos aportan fondos,
- un contrato inteligente que ejecuta decisiones automáticamente.
La decisión de comprar un activo, otorgar una subvención o cambiar las reglas se toma por votación. Y en cuanto se alcanza el quórum, el contrato transfiere automáticamente el dinero. Sin firmas. Sin retrasos. Sin confianza en la persona a cargo.
Tras el colapso de The DAO, las DAO comenzaron a desarrollarse en nichos donde la velocidad y la transparencia son más importantes que la jerarquía:
- MakerDAO gestiona la stablecoin DAI y miles de millones de dólares en liquidez; las decisiones las toman los titulares del token MKR.
- ConstitutionDAO recaudó 47 millones de dólares en 72 horas en 2021 para comprar la Constitución estadounidense original. Si bien no se alcanzó el objetivo, demostró el poder de la unificación instantánea. - La DAO de Gitcoin distribuye millones de dólares a proyectos de código abierto; quienes escriben el código votan.
- La DAO de Krause House intenta comprar un equipo de baloncesto de la NBA para que los aficionados puedan dirigirlo.
Esta no es la "oficina del futuro". Es una herramienta para quienes están cansados de esperar decisiones.
Las DAO parecen ideales hasta que chocan con la realidad.
- Baja participación: a menudo solo vota entre el 1% y el 5% de los participantes. Las decisiones las toma una minoría.
- Zona gris legal: en muchos países, las DAO carecen de personalidad jurídica. ¿Quién es responsable si algo sale mal?
- Ataques a la gobernanza: si los tokens se concentran en unas pocas direcciones, pueden dictar la voluntad de otros.
- Lentitud: consensuar una decisión entre miles de personas es más difícil que en una junta de cinco.
Las DAO no eliminan la naturaleza humana. La sacan a la superficie.
Hoy, las DAO son una herramienta para entusiastas. Pero mañana, podrían convertirse en el estándar para todo lo construido por la comunidad:
- cooperativas agrícolas que distribuyen las ganancias mediante votación,
- residentes de edificios que gestionan sus reparaciones y presupuestos sin una empresa gestora,
- grupos de investigación que financian proyectos según normas internas.
El futuro de las DAO no es reemplazar a todas las empresas, sino ofrecer una alternativa donde la jerarquía se interponga. Donde el propósito, y no el ascenso profesional, sea más importante.
Las DAO nos recuerdan: una organización no es un edificio ni una plantilla. Es un acuerdo entre personas.
Y si algún día contribuyes a un proyecto, votas por una subvención o decides cómo gastar un presupuesto compartido, no te convertirás en un "empleado". Te convertirás en un participante.
Y en un mundo donde la confianza es más valiosa que el poder, esta podría ser la nueva definición de éxito.
Actualizado 04.01.2026
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